DESDE LA ANGELOLOGÍA HACIA LA VIVENCIA DEL MUNDO ANGÉLICO
Por Sandra del Pilar Claros
Angelóloga, abogada, escritora.
Codirectora del Proyecto Editorial 89079
La
angelología es la rama de la teología que estudia en profundidad el mundo de
los ángeles, con sus nombres y clasificaciones.
Quienes
hemos tenido la experiencia real, vivencial y directa de la existencia de los
ángeles podemos llegar a pensar que la angelología en cierta forma les
disecciona, es preferible sentirles, hablarles y escucharlos con toda
naturalidad y sin prejuicios o prevenciones racionales, como las que un estudio
con método científico conllevaría. Siempre ha sido mi lema el que “Jamás ha
captado nadie la belleza de la rosa diseccionando sus pétalos”. (Anthony de
Mello, La oración de la Rana I, 1988).
Pero lo cierto
es que desde la angelología encontramos un sustento, un asidero “racional” que
nos hace reconocer que el mundo angélico ha sido ampliamente documentado en
textos sagrados y no sagrados a lo largo de toda la historia de la humanidad, y
eso fue hecho por personas, por humanos que nacieron, vivieron, respiraron y
sintieron la vida y que a pesar de haber muerto hace cientos o miles de años,
nos legaron las experiencias directas que tuvieron con ellos, los interpretaron
a la luz de sus creencias espirituales y religiosas, y a partir de allí, se
pueden hacer todos los estudios y análisis posibles.
La
angelología nos da ese sustento y eso es valioso, en un mundo donde la ciencia
racional se ha convertido en dogma y donde todos los que hemos sentido,
vivenciado y escuchamos a los ángeles somos clasificados, o descalificados,
como de “New Age” y, por lo tanto, como algo falso, fantasioso o dado a
manipular a los demás.
Por ello el
valor científico de la angelología como una rama de la teología (que de todos
modos lucha por hacerse un sitio dentro de las ciencias sociales “oficiales”)
nos respalda y permite abordar a los ángeles desde el análisis de los textos
sagrados y tradiciones de todas las religiones del mundo, los ángeles nos unen
en las diferentes creencias que presumiblemente nos dividen, los ángeles son
comunes a las más grandes religiones de la humanidad, desde la católica, el
judaísmo (incluyendo a la cábala) y el Islam, hasta el budismo con sus
bodhisattvas o los tennin del budismo japonés, y la religión de Zoroastro que
tenía a los ángeles como seres sobrenaturales maravillosos.
Todas estas
visiones de la espiritualidad religiosa les reconocen como servidores,
ayudadores desinteresados y amorosos, y algo muy importante, les reconocen una
cercanía inusual con los humanos, una que no tienen otros seres espirituales que
se veneran de diferentes formas; por esa habilidad especial para contactar y
estar cerca de los humanos, se les ha atribuido la misión de ser mensajeros
directos de Dios.
Podemos
hacer también un largo análisis sobre los laicos o personajes no religiosos que
han creído en ángeles y lo han documentado, han dejado registros, tratados y
libros enteros, de experiencias reales o creaciones de aparente, ¿ficción o no
ficción? Destacando el poema épico de John Milton de 1667, “El paraíso perdido”.
Lo
cierto es que los ángeles han estado acompañando a los humanos durante toda su
historia como humanidad, y tienen una relación directa con ese algo que implica
aliviar el dolor y el sufrimiento humanos, ese que nos ha acompañado en forma
de guerras, de enfermedad, de hambre, de discriminación y violación a los
derechos humanos, de luchas internas y externas por la vida y la
sobrevivencia, han sido esos aliados en
los momentos de la noche oscura del alma, donde la angustia se apodera de
nosotros y cuesta encontrar el sentido de la existencia. En la oscuridad, de
pronto, se llena de ángeles el lugar, se les invoque o no están allí presentes
auxiliadores pacientes, silenciosos, que esperan tu aquiescencia para actuar,
porque en su amor pleno respetan completamente tu libertad.
Acostumbrados
como estamos a que los humanos biológicamente nos renovamos de generación en
generación a través de los ciclos de nacimiento y muerte, los ángeles no, son
los mismos los que están presentes desde los inicios de la humanidad, son los
mismos que conocieron a Jesús, a Buda, a Mahoma, a María, son aquellos hablaron
al oído de santos y de tantos hombres y mujeres que la ciencia oficial ha
tachado de locos.
A los
ángeles se les puede analizar, se les puede diseccionar en todos los textos y
experiencias documentadas del pasado, puedes seguir su rastro en el arte de
todos los tiempos o buscar sus huellas en los grandes monumentos de la
humanidad, o los puedes respirar, invocar, sentir, puedes permitir su acción
balsámica ayudadora y si es del caso, escucharles, oírles relatar las historias
de milenios de seres humanos a los que han visto nacer y morir, llorar y ser
felices, a los que han visto percatarse de
su presencia o permanecer ignorantes
de su existencia, no importa porque ellos siguen allí, amorosos, presentes,
regalándonos señales porque son generosos y porque vibran en una dimensión de
amor más allá de las dualidades que como humanos queremos encontrar en todo lo
que nos intriga o que no comprendemos.
Tú decides,
ignorarles, buscarles en las letras y las artes, o en la vivencia de tu
cotidianidad, no hay una ruta equivocada. Yo prefiero seguir respirándolos y sentir
las caricias de sus alas sobre mi rostro y escuchado sus maravillosas historias
sobre esta humanidad tan amada pero tan falta de conciencia de ese gran amor en
el que está imbuida, que la lleva a sumirse en las guerras, la injusticia, la
muerte y la enfermedad.
Por eso
desde ahora, la angelología es para mí también ver y conocer el mundo angelical
desde el método empírico.



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